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Daniel Eduardo Pérez
Tandil - Argentina
Investigo y escribo sobre historia argentina, preferentemente historia regional.
He publicado 20 títulos y obtenido premios.
Como periodista escribo desde hace 20 años en TIEMPOS TANDILENSES
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Últimos comentarios de este Blog

25/06/15 | 23:01: maria eugenia costantino peyrel dice:
quisiera agradecer a daniel eduardo perez por escribir sobre mi bisabuelo sebastian heder peyrel pionero en la aviacion que cosntruyo y volo su propio avion y fue reconocido con honores en su muerte y me gustaria que vuelva a recordarlo el en el diario y que tenga presencia siempre graciassss maria eugenia
10/06/15 | 09:07: Carlos Miguel Molina dice:
Estimado Señor; soy investigador genealogico, descendiente de Ramon Lopez Osornio y amigo de Abel Echazú. Deseo comunicarme con usted a efectos de intercambiar informaciones sobre la familia. Espero su respuesta. Muy cordialmente
10/05/15 | 03:21: Alejandra dice:
estimado Daniel. Buscando en la nostalgia llamada google, fotos del viejo hotel Edén, (que no consigo) me hallé con su articulo. Uds no tiene fotos? Lo llevo en mi cuore porque cuando se inaugura el falucho 1º en el 78 nos mudamos con mi flia teniendo yo solo 13 años y el Edén aun reinaba en la esquina de Fugl y Bolivar y mientras se erigió yo lo recorria mucho en sus interiores como traviesa polizona, porque me maravillaba. Y mi padre me contaba anecdotas de sus estancias en tandil en epocas donde el hotel estaba vigente y él paraba ahí. lamenté horrores su demolición.
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TANDIL DEL 900



 

RECUERDOS DEL TANDIL DE 1900

DON ENRIQUE PIÑEIRO

 

La fuente inagotable de documentos individuales e institucionales, siempre no brinda la posibilidad de “descubrir” alguna novedad relacionada a la historia de los tandilenses que nos apresuramos en hacérsela conocer.

En este caso un cuadernillo inédito del Dr. Enrique A. L. Piñeiro, emparentado directamente con la familia del pionero Manuel Suárez Martínez,  (sobrino de su esposa), titulado “Recuerdos de mi infancia y juventud”, nos permite adentrarnos en el pasado local a través de un testigo calificado, que dejó plasmada en su relato una etapa de la vida del Tandil de principio del siglo XX.

Entre otras interesantes informaciones, Piñeiro nos anoticia de lo que significaba viajar de las antiguas estancias al pueblo del Tandil, cuando describe sus viajes desde La Providencia, de Suárez, y nos dice:” En verano secos esas últimas leguas se hacían insoportables por la polvareda que se levantaba. El camino, muy traqueteado, tenía un colchón de tierra suelta, que con el trote de los caballos, se levantaba e invadía el coche haciendo el aire irrespirable.

Los caballos sudados, se cubrían de polvo, quedando como embarrados y llegábamos todos deseando entrar en el adoquinado, para librarnos de ese suplicio.¡Llegábamos como mascaritas!

La casa de los Suárez quedaba en ese tiempo, casi al borde del Pueblo, donde empezaba el adoquinado. Como era de altos, (la antigua casa de Fugl en 9 de Julio 292) desde un balcón que daba al sur, se veía el camino que iba al Manantial de Gardey y al Matadero. Por ahí entrábamos nosotros, así que desde temprano estaban ellos alertas para vernos llegar. Por supuesto que nos distinguían de lejos, porque conocían el break de La Providencia. No creo hubiera otro convoy como el nuestro en todo el pueblo.”

Piñeiro nos deleita  también con una vívida pintura de las fiestas de fin de año por ese entonces en el Tandil: “Fin de Año era en aquel tiempo una gran fiesta en el Pueblo. Al  menos así me parecía a mí. Hay que hacer notar que los colegios no terminaban sus clases hasta el 20 de diciembre, fecha en que se hacía la Fiesta de Fin de Curso; había Acto y se distribuían los premios, me refiero a los años 1908 y 1909, que estábamos en el Colegio San José. Con esto comenzaban  nuestras vacaciones y nuestro jolgorio.

Venia luego Noche Buena, que se celebraba con gran solemnidad. Por supuesto íbamos a Misa de Gallo…a dormirnos en la Iglesia!. Luego había una reunión en casa. A menudo venían los Suárez para ayudarnos a comer el Pan dulce, turrones, peladillas, fruta seca y las inolvidables Tortitas de Navidad, regado todo con vino dulce o sidra.

Pasada Navidad-continúa nuestro cronista- empezaban a llegar los músicos para la Romerías Españolas. Éste sí que era un acontecimiento que hacía trepidar al Pueblo, pues toda la gente de origen español las esperaba, como la Fiesta del Año. Duraban entre cosa y cosa, casi una semana.

Solía llegar primero en el tren de la tarde, con gran ruido de bombo y platillo, una banda con vestimenta militar o más bien de circo.

Así que bajaban y enderezaban para el Pueblo, con todo furor y entusiasmo, seguidos de una turba de muchachos y acompañados por las bombas de estruendo. Nadie en el Pueblo-prosigue- dejaba de enterarse de su llegada. Luego más silenciosamente, llegaban los gaiteros gallegos con su acompañamiento y los vascos con la dulzaina. Unos y otros recorrían el Pueblo con gran algazara y seguidos de sus respectivos entusiastas. Otro día, y siempre los últimos, eran los de la Estudiantina. Era esta una orquesta de cuerdas con violines, guitarras y mandolinas. Vestidos de calzón corto, blusa negra, boina con pluma y capa liviana al viento remedaban a los estudiantes del tiempo de Fray Luis de León. Tocaban una música más elevada, pero esto no los eximía de recorrer también el Pueblo, para levantar los ánimos y enardecer al público.

Para esta ocasión-continúa- se levantaban en una quinta de Santamarina, aledaña al pueblo (lugar después conocido como Monte de las Romerías, actual Plaza 25 de Mayo) una serie de tablados para las orquestas. Se construían carpas donde se despachaban bebidas (casi exclusivamente cerveza y sidra), galletitas, sándwiches y creo que comidas. Toda la quinta tenía una buena arboleda, estaba iluminada, embanderada y llena de arcos de ramas y adornos. No hay para qué decir que se llenaba de gente desde temprano, especialmente gente de campo que venía de lejos a pasar esos días de Fiesta.

Las orquestas tocaban por turno. Era de ver la competencia que se armaba entre ellas y más aún entre los que bailaban en los diferentes lugares. Siempre los que más público atraían era los vascos con sus bailes y los que bailaban jotas, por ser estos bailes más pintorescos y movidos y sus cultores más entusiastas. Era de ver cómo saltaban, brincaban…y sudaban aquellos vasquitos!.

A la caída de la tarde,-señala- tiraban un par de bombas, para indicar la terminación del baile y todo el mundo se iba a cenar. Después de un par de horas, nuevas bombas, vuelto a sonar la gaita o la dulzaina y comenzaba de nuevo el jaleo…hasta no sé qué hora.

Terminadas las Romerías, el Pueblo seguía de fiesta, pues era fin de año que no podría pasar desapercibido. Había bailes y reuniones y en el momento culminante, un gran estrépito de bombas, tiros, toques de pito de las locomotoras del tren, la sirena de la usina de luz. Salía a relucir todo “artefacto de hacer ruido” para recibir el año con alegría.

En estos años estaba de moda el Skating Ring que era un salón de patinaje, del que tengo muy buenos recuerdos. Fueron nuestras primeras oportunidades de alternar con chicas de nuestra edad con cierta libertad y sin el “encogimiento”  propio de las visitas. Nos divertíamos a más y mejor, pues íbamos libremente, por las tardes y a veces de noche acompañados de nuestros padres”, rememora don Enrique.

No escapó a la pluma de Piñeiro, dedicarle unos párrafos a los colegios de su época, y así nos relata que “Mi niñez, o sea hasta terminar la primaria, la pasé en Tandil, donde había nacido, en la calle 9 de Julio 626, al lado de “La Pampa Florida” (actual esquina donde está Liverpool).

Era una de las tiendas conocidas, aunque no la más elegante. Esos fueron años  en que no sé por qué razones, nos” pasearon” por varios colegios”.

Enumera a continuación las maestras que tuvo, hasta llegar finalmente al Colegió San José del que fue uno de los alumnos fundadores. Nos dice:” Estuvimos con clases particulares con Mr. Dubois preparándonos para entrar en el colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, el Colegio San José.

¡Ése fue nuestro colegio! Y nosotros su primera camada de alumnos, pues se inauguró ese año: 1908. Ya más grandecito, recién ahí entendimos lo que era y significaba un colegio. Conservo muy buen recuerdo de él y de sus profesores franceses eficientes y bien preparados.

Era mi profesor el Hermano Alfonso, un francesito joven, delgado y nervioso, buen mozo y alegre, que jugaba con nosotros a la pelota en el patio pero que se hacía respetar.

El Hermano Serafín, un francés alto y desgarbado, muy bueno a pesar de su eterna seriedad, era el que nos cuidaba a los medio pupilos y pupilos, hacía de ecónomo y dirigía el comedor.

La comida era muy buena,-prosigue- pero lo que no le perdono era el té de la tarde, con leche hervida, muy clarito, mucha azúcar y nata.

Recuerdo una tarde del mes de diciembre que fuimos con mi hermano Andrés y el Hermano Alfonso al tajamar del Molino Viejo (el que fuera de Fugl). Ellos dos se largaron a nadar. De vuelta en el Colegio, nos convidaron con galletitas y vino negro para que nos repusiéramos. Nunca había probado esa combinación pero confieso que me pareció magnifica.

El Tandil, de aquellos primeros años del siglo XX, “el viejo Tandil” al decir de nuestro testigo, “…tenía iluminación a kerosén, con un par de faroles en cada cuadra empotrados en la pared.

Todas las tardes al oscurecer, pasaba el farolero con su escalerita encendiéndolos. Sería por 1906  que llegó la luz eléctrica-continúa Piñeiro.

Me parece verlo a Bardelli haciendo la instalación en casa. Era el tiempo de las bombitas de filamento de carbón que daban una luz rojiza y poco brillante. Nos encantaba ver que no había más que apretar la llave para encenderlas. Lo malo era que estas bombitas duraban muy poco y se quemaban con frecuencia.

Con la electricidad vino el cinematógrafo. Las cintas se proyectaban una vez que oscurecía en un bar y confitería que estaba en la esquina de nuestra casa. Duraban  cinco a diez minutos y daban varias en la tarde.

Nosotros estábamos atentos y cuando veíamos que se apagaban las luces del Bar, corríamos a la vereda de enfrente y mirábamos a través de las puerta! Por cierto que no éramos los únicos. ¡Era la gran atracción!.

Cuando estaba mi Padre en Tandil a veces nos llevaba. Como había que hacer “consumación”(sic), él, que nunca tomaba entre comidas, se veía obligado a tomar algo. Nosotros pedíamos lo único posible: pastillas de goma Mentolinas o Rosalinas”.

 

Más adelante  recuerda en forma especial, en unos párrafos, la llegada del primer automóvil, según su relato “debió ser 1907 o 1908 que apareció en Tandil el primer automóvil. Lo compró un Sr. Colombo que tenía un café, si mal no recuerdo.

Era éste un vehículo exactamente igual a algunos coches que se veían por ahí; era un doble faeton, es decir con un asiento frontal donde iba el conductor y otro más atrás también de frente.

Tenía ruedas altas de madera, como un coche de caballos, con yanta(sic) de goma maciza y delgada, como tenían después los “placeros” aquí en Buenos Aires. Capota de cuero o hule negro y un motorcito de pocos HP que sólo le permitían una marcha más o menos de la velocidad de una buena yunta de trotadores…

Y agrega: “Un año o dos más tarde ya aparecieron autos, de esos que se ven ahora en los museos. Del primero que tuve noticias fue el del Don Augusto Pieres. Había ido mi padre a Necochea no sé con qué diligencio y lo llevó de acompañante a mi hermano José Luis.

Era este un auto francés, no recuerdo si Renault, Panard o cuál .Era también una especie de doble faeton con un asiento doble delante y otro atrás. Creo que tenía un motor de 8 HP…y por supuesto Chauffer! Quién se animaba a manejar una máquina de esas, que a cada rato necesitaban algún arreglo si no era un mecánico!

Más adelante confiesa: “Mi padre le tenía desconfianza a los autos… porque eran una máquina que él no entendía.

Y reafirma: “En el año 1914 mi padre que no era muy afecto a máquinas se rindió a la evidencia y a los apremios de Alfredo que le decía…! Pero don Andrés cómo va a seguir haciendo viajes en la americana y que otros lo pasen y echen tierra!.

Por fin decidió comprarse un Ford “de b¡gote” que era el primer paso para todos, que así se ponían prácticos en el manejo y en los cuidados que necesitaba un coche. ¡ Costaban $ 2100!

Piñeiro continúa su colorido relato sobre los primeros autos y menciona que después del viaje de bodas de su hermana Lala Piñeiro con Alfredo Wesley (uno de los pioneros de la quesería del Tandil) en 1911, trajeron un Armstrog SuddaleyÉste era ya un verdadero automóvil, que supongo que llegaría a una velocidad de 50 o 60 km. por hora. Su marcha creo que eran 40 km. Estaba muy bien terminado y tenía un lindo motorcito”-nos dice Piñeirp.

Luego nos deja sus impresiones acerca de un viaje a la vieja estancia La Providencia y los avatares de un accidente del que la  sacaron barata”.

Igualmente de la aventura de otro, en este caso de Buenos Aires a Tandil, donde entre otros escollos había que atravesar el Salado.

Desde Cañuelas  para adelante no había propiamente camino y era necesario pasar por una serie de tambos, abriendo y cerrando las correspondientes tranqueras, lo cual era tedioso-nos informa.

Por fin llegamos al Salado. Había “un paso” al lado del puente del ferrocarril. Nos paramos a mirar y un hombre que estaba con un carro nos dijo que daba paso.

Entramos muy bien, pero al llegar al “cajón” del río, dio una zambullida y se paró el motor.

Era lo que esperaba el del carro, que se ofreció a sacarnos. Ató sus cuartas y sin dificultad nos sacó a la otra orilla…”-picardías del criollo de entonces.

Por razones de espacio dejamos aquí el colorido relato que en este inédito documento nos legó el Dr. Enrique A. Piñeiro, y que hemos recogido para que usted, amigo lector, reviviese aquellos momentos especiales del Tandil de los abuelos.

 Daniel Eduardo Pérez

                                               

 


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
25/06/15 | 23:01: maria eugenia costantino peyrel dice:
quisiera agradecer a daniel eduardo perez por escribir sobre mi bisabuelo sebastian heder peyrel pionero en la aviacion que cosntruyo y volo su propio avion y fue reconocido con honores en su muerte y me gustaria que vuelva a recordarlo el en el diario y que tenga presencia siempre graciassss maria eugenia
grafomaria@hotmail.com
 
27/02/13 | 15:51: lisa dice:
podria decirme algo de la vida de Juan Bautista Greco , que vivia cerquita de la plaza, el padre era sastre y director de orquesta,Pedro Greco.se supo que era mecanico del piloto Sebastian Peyrel y mecanico de la vieja usina de Tandil. muchas gracias
lisa34@hotmail.com
 
28/06/12 | 14:30: carlos dice:
hola queria saber si sabe la historia de don luis camara, quien lo mato la policia durmiendo bajo un arbol, creo qu fue en el año 32, si sabe de algo le agradeceria. saludos cordiales
gemeloscamara@yahoo.com.ar
 
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